Por Laura Álvarez Suárez

¿Quién dice que son el sexo débil? ¿Cómo alguna persona se atreve a dudar de sus capacidades directivas? ¿Acaso existe alguien capaz de poner en duda su feminidad de una por tener estrechos vínculos con la tierra? Si alguien lo hace es porque, sencillamente, no conoce a Nelys O’relly Cobas, una mujer rural de sombrero a botas. 

Siete años atrás, Nelys no incursionaba en el mundo de la agricultura más allá de lo que veía en su entorno o los productos ofertados en el Bodegón donde ejercía como Jefa de Recursos Humanos. Pero un día eso cambió. Reformas en su centro laboral la dejaron vacante y, emprendedora como es, se dispuso a buscar un nuevo sustento económico. Encontró la pasión de su vida.

Hoy, cuando en la finca de la Granja Urbana “19 de abril” pregunten por la jefa, será ella quien responda y, si se habla de la casa de postura de la CCS “Mártires de Barbados”, volverá a alzar la voz como su auxiliar de producción. A base de esfuerzos y sacrificios ha inscrito su nombre en el listado de las mujeres rurales, incansables cubanas que con los pies puestos en la tierra pugnan por cultivar y producir desde la agricultura.

Inicialmente, confiesa, le costó lidiar con lo nuevo, con el trabajo, pero las experiencias de los primeros tropiezos y la ayuda de su esposo, ingeniero agrónomo, le permiten hoy desarrollarse con desenvolvimiento en el Instituto de Investigaciones Hortícolas “Liliana Dimitrova” del municipio de Quivicán, en Mayabeque, lugar desde donde brinda a los productores las posturas que estos luego pasan a sembrar con comprobada calidad y garantía.

No fue ligera la batalla contra los inconvenientes de trabajar en el campo. El clima y los procesos productivos la retaron pero cedieron ante el inquebrantable coraje de Nelys. Otros crearon resistencia. “Algunos cuando ven a una mujer en este trabajo piensan que no está acorde con el desarrollo del lugar”, dice esta campesina incapaz de detener su marcha por obstáculos o pensamientos ajenos.

“Yo vivo feliz y contenta en el campo, no hay como la tranquilidad de aquí”, asegura quien huye de los escándalos de la ciudad y los cambia placentera por el mañanero sonido de las aves. De la zona rural agradece convivir en diálogo con la naturaleza y con la armoniosa compañía de lo silvestre, no lo cambiaría por nada.

Ahora sí, Nelys no se sienta a ver las nubes pasar. El trabajo en las posturas de la casa de tapado no es tarea fácil, más bien “de sol a sol”, pero agradece laborar en una actividad que la llena de satisfacción y la cual le ha dejado la dicha de contribuir al nombramiento del “Liliana Dimitrova” como el mejor de la zona.

Para quienes se involucren con la vida en el campo aconseja estudiar, pues una base académica viabiliza el trabajo en la agricultura, por lo cual asegura que de volver a las aulas tomaría clases sobre la labor que en la práctica ejerce, aunque es graduada en Ingeniería Económica Azucarera. 

Pero, en especial para las nuevas generaciones de mujeres rurales, tiene algo que decir: “no se vean menospreciadas por trabajar en el campo ¡Esto es muy bonito!” Desde cerca la escucha y sigue los pasos su hija, Diana, quien actualmente estudia Agronomía en la Universidad Agraria de La Habana.

Nelys es una mujer de extrañas combinaciones: ama su casa pero vive en el trabajo, agradece la tranquilidad del entorno que contrasta con su ajetreado quehacer, con miedo a las cámaras pero no a los retos del campo. Da y es vida.

Ella, es una de las tantas mujeres rurales que hoy, 15 de octubre celebran su día internacional y sobre las cuales la Organización de Naciones Unidas pide análisis de la situación actual.

Como narra la historia de Nelys, varios altercados dificultan la vida de las mujeres del sector de la agricultura pues, no solo la escasez de materiales sino también las limitantes impuestas por los prejuicios de las sociedades machistas, hacen de las del género femenino una diana de violencia de manera frecuente.

Además, con la actual situación sanitaria, ellas se han visto, en gran parte de los casos, desprovista de servicios médicos de calidad así como de algunos medicamentos. Súmese a esto, una elevada carga de trabajo intensificada en tiempos de cuarentena, con el hogar ocupado por sus integrantes, a tiempo completo. 

Si antes les era difícil obtener créditos bancarios para el emprendimiento productivo en el campo, el acceso a terrenos propios para actividades agrícolas; por estos días, les es casi imposible adueñarse de las tierras y continuar con el negocio que en ellas tenía lugar dejado por algunos familiares fallecidos a razón de la covid-19.

¡Todos podemos hacer algo en este aspecto! Las mujeres rurales necesitan mejores accesos a los servicios básicos tanto para su vida personal como para las tareas hogareñas que, generalmente, son acciones exclusivas de ellas. Debemos exigir el cese de las violaciones de sus derechos, equidad de oportunidades y la eliminación de la brecha salarial que tienen respecto a los ingresos masculinos.

Y si el contenido moral que esta causa encierra no es suficiente para algunos, saquemos el cálculo en cifra. Menos del 20% de los terrenos productivos del mundo están manos de campesinas y la diferencia entren el pago a un hombre en el sector y el de una mujer por la misma actividad ronda el 40%. 

No obstante, “si las mujeres de las zonas rurales tuvieran acceso a los mismos activos agrícolas, la educación y los mercados que los hombres, se podría aumentar la producción y reducir el número de personas que padecen de hambre de 100 a 150 millones”, según informa la ONU, a lo que añade: “si se elimina el 25% de la diferencia entre hombres y mujeres trabajando en la agricultura, para el 2025, el PIB mundial crecería en un 3,5%”.

¡Arranquemos este mal de raíz!

Impactos: 27

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *