En el Trillo, tengo que decirlo, estaban los gritones. Hay que cuidarse de los gritones. En mi experiencia, casualmente con muchos de los que allí vi, sucede lo siguiente: cuando hay que decir tres cosas bien dichas y a la cara, guardan silencio cómplice y cobarde, mientras que, en instantes de reflexión, arrancan con su algarabía sorda, muchas veces no porque crean en ella, sino porque necesitan marcar asistencia y ser vistos.

Cuentan que el ser humano cuando lee solo advierte las primeras y las últimas letras de cada palabra. El gritón y la gritona, los consigneros vacíos… solo escuchan el primer y último vocablo de cada oración. Verifican “por arribita” que no se diga nada evidentemente fuera de lo “políticamente correcto” y en consecuencia gritan o abuchean más de lo que escuchan y entienden.

Los gritones y los oportunistas estaban en el Trillo, sí. Yo los conozco, los vi, los escuché, les temí… pero no eran los únicos, ni siquiera los protagonistas.

Allí había una vieja que aplaudía fuerte, de las que llevan cara de vieja guardia, vieja con bastón y dificultades para estar en pie y que gritaba cada cierto tiempo de una forma tan visceral, tan lejana al grito burlesco de los oportunistas, tan “de en este grito me va la voz”, tan sincera…

Muy cerca de la tarima, había unos niños y niñas de piel negra, chiquillos del barrio, algunos descalzos, otros sin camisa. Ellos entraban y salían, se molestaban entre sí con un pomo plástico vacío, se decían “vamos”, se decían “ven”. A mi lado, uno dijo: “¡Ño! Cuando pasó Díaz-Canel respiré hondo y qué olor más rico tenía”, así, como si estuvieran hablando de cualquier hombre y qué bueno eso de ser sincero y puro y maldito al mismo tiempo y pensar y decir lo que se piensa sin más, como el fiñe de Cayo Hueso.

Había, mayormente tras el “escenario”, periodistas de todas las razas y olfatos, periodistas que al día siguiente, entre todo lo que ocurrió y se dijo, colocaron como noticia que el presidente acompañó a su pueblo y que los jóvenes se habían botado a la calle a defender su revolución… y sí, también, pero hubo más. Periodistas que de apenas llegar, sin mirar mucho hacia donde no querían ver,  aseveraron que se trataba de un acto de odio y privilegios; periodistas que no se metieron en nada ni con nadie y que fueron a ver, como cualquiera. 

Vi una madre y un padre con su niño de meses en los brazos, un niño que lloraba, reía, callaba, mientras mamá, papá, tía o amiga dibujaba con plumón azul permanente, en el pulóver de quien lo pidiese: “Actually, I’m in Trillo”. Y el pequeño lloraba o miraba atentamente o se hacía el dormido antes de volver a gritar.

Estaba Claudia Damiani Cavero, una muchacha que no se veía desde muy atrás y que confesaba que, en el pasado, no había estado muy vinculada a la militancia política, que de ella –de la política—había renegado y la evitaba, porque nos hemos acostumbrado –dijo– a verla como algo ajeno que se hace desde arriba y se asume con inercia.

Estaba Iramís Rosique agradeciendo públicamente a “los colectivos, personas e instituciones que nos han apoyado y asesorado en la construcción del evento”. Aclaró también que entre los organizadores –ese pequeñísimo grupo de gente que me ha demostrado ser buena– no había ningún funcionario del estado o un cuadro profesional cuyo trabajo resultara responder de determinada manera a los últimos acontecimientos.

Me viene a la mente Alejandro Castro, un estudiante menudo de tercer año de Física que nos comentaba a unos cuantos que, de formarse lo que se podía formar, le entregásemos una flor al adversario (¿adversario?), que las flores estaban ahí.

Llega a mi cabeza Josué Benavides, agobiado porque un amigo suyo había intentado sabotear su discurso por pensar diferente y agobiado también porque un tipo lo sacó a la fuerza. Al “tipo” lo expulsaron de ahí, le dijeron vete, gente como tú no queremos, y con el amigo se habló luego, se habló… y Josué, agobiado aún, nos preguntaba por qué nadie le había dado la flor.

Estaba Raúl Escalona haciendo recuentos históricos y alegando que la sobrevida martiana debía ser vista como un terreno en constante disputa y nos contaba también que los sujetos revolucionarios están tanto fuera como dentro de la institucionalidad revolucionaria.

En una de esas, un amigo me agarró del brazo y casi me arrastra para preguntarme en qué momento aquello se había convertido en un acto de repudio.

“Decir que el Trillo fue un acto de repudio es algo tan superficial y conveniente como mismo lo es reducir los sucesos del MINCULT a una defensa raigal y cerrada del Movimiento San Isidro”, pensé mientras caminaba solo a casa.

Si fueron diversos los que estuvieron en el Vedado, también lo fuimos quienes nos congregamos en Centro Habana. Negar eso resulta, como dijo alguien días atrás para atacar a la Tángana: no entender nada.

¿Hubo acto de repudio? Sí. Fue un acto de repudio para los gritones oportunistas que ganan su pan de privilegios haciendo actos de repudio, para los que dijeron que del Trillo no se podía hablar porque no era una actividad de la FEU ni de la UJC y, solo cuando Josué se sentó frente a una cámara, sin saber los “eslabones de mando” cómo, solo cuando “el Güije”, “el chiquito ese que tartamudeó”, que antes de cualquier cosa dejó claro que representaba a una parte de la juventud y no a toda y que habló del derecho a defender y a decir lo que uno cree sin que nadie lo mande… solo cuando eso ocurrió, quienes habían censurado la promoción de la Tángana por miedo a no sé qué, quisieron pasar por sus principales voceros.

Estos, parafraseando al querido Frank Padrón, también son nuestro fusiles.

Fue un acto de repudio, igualmente, para quienes se aparecieron en busca de los gritones, esos que para mal y para mal los ponderaron. Yo, sin embargo, no me puedo quedar con eso y, como tanto se ha dicho por estos días –y ahora lo enfoco hacia gritones y oportunistas–: ¡No me representan! ¡Nos hacen mal! ¡Los combato!

Yo me quedo con el hecho de que algunos de los que se pararon en esa tribuna –como Josué y Raúl– asoman como los mismo censurados en ciertas plenarias de encuentros políticos de la Universidad. He visto como a sus manos levantadas les han pasado por encima para mandar a hablar a quien –se sabe– solo comentara de lazos y banderas en frente de la “visita” de turno. No siempre ha sido así pero ha sido. Son ellos mismos los que han continuado diciendo, como entona un querido profe, lo que hay que decir donde sea que han podido y agenciado y son los que esta vez dejaron en evidencia y descrédito a los burócratas. 

Los últimos aún no le perdonan a Josué que fuese él, un militante raso, quien se sentarse en televisión sin pedir permiso y quien, junto a sus pocos, decidiera quién hablaba y lo que iría en el discurso sin necesidad de “consultar”.

Me quedo con eso: con la derrota a los burócratas, con la evidencia pública de que la izquierda oportunista (¿Izquierda?) existe pero no tiene pantalones ni sayas frente a esa izquierda que siente, que lee a Marx, a Lenin, a Guevara, a Gramsci y dice “está mal” o “está bien” de acuerdo con su ética y nada más. Con esa izquierda se puede o no estar de acuerdo, pero nadie que sea de bien la irrespeta.

Me quedo con las declaraciones antipatriarcales, con el rescate de Fidel en busca de sus mejores ideas y no del provecho manipulador; me quedo con Josué declamando poesía sin mirar el papel, con Josué hablando de nuestra negritud, del antirracismo que debe atravesar la problemática de la mujer, la de la comunidad LGTBQ+, la de las clases sociales. Me quedo con Josué llamando al verdadero y genuino poder popular, ese que se ejerce en el barrio donde todos estos males tienen nombres y apellido, así como sus víctimas.

Me quedo con la depresión de Josué al día siguiente porque los medios, de un lado y de otro, solo fueron en busca del acto de repudio que él no organizó y no escucharon lo importante. Me quedo con su mensaje en Telegram: “Es el pesimismo de la razón, sé que se me pasará con el optimismo de la voluntad”.

Yo me quedo con el llamado al diálogo y con aquello con que Alejandro Palmarola cerró su discurso: “En los que saben escuchar y vinieron a escuchar… creo”. Me quedo con la “vieja loca”, con el niño sin pulóver y con el Trillo, mi trillo. Y sobre todo me quedo con esa salvadoravoluntad de dar la flor, siempre la flor.

*imágenes tomadas de la página en Facebook de La Tángana

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5 comentarios en «Los sucesos del Trillo y con lo que me quedo»
  1. Interesante, pero un poco contradictorio luego de haberme sacado de tus amigo en facbk, Que diálogo predicas, si actúas como el sistema silenciado lo que no te gusta escuchar?

    1. Es cierto… no me gustan las ofensas. Por eso las silencio. No creo que quepan en el diálogo. Cuando quieras conversar y te haga falta un amigo, escribe.

  2. No se de que ofensas hablas si todo lo que hablamos, es de la garve situación de nuestro país, y de nuestras pésimas actitudes ante tal problema, jamas te he hablado a nivel personal, ya que esta muy claro lo que no te habhablé a nada de faltas de respeto, simple y llanamente usted publica algo y yo tengo el derecho de dar mi opinión, lo que sucede es que la tomas como algo prohibido y la silencias.

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