El Peregrino envía carta a Orestes para hablar de cómo la hipocresía y el ruido en redes sociales choca contra las genuinas necesidades del hacer solidario concreto.

Estimado Orestes, hay días en que no sé sonreír. «Da asco», me decía un amigo el viernes pasado. «Da asco, sí», le respondí entonces. Del asco me habló otro socio el domingo y «en efecto, asco», le dije.

La semana anterior a esa, sin embargo, la sensación resultó distinta, aunque quizás más dura. José Ramón fue el primero con el que tuve contacto. Evidenciaba en su habla y andar alguna enfermedad neurológica. El cuestionario preestablecido poco duró, porque, de hecho, es corto, pero nos quedamos hablando; así de simple, hay días en que uno necesita hablar. 

Nos reímos como dos compinches, que es como ríen todos los que hablan de pelota. Solo eso tiene José Ramón: una radio donde escucha las noticias, la novela del seis y el béisbol. Yo me río más, porque Matanzas le había ganado a Industriales y él sonríe con resignación porque Industriales por poco… Le reconozco que si el estadio hubiese sido como el resto de los estadios y no tan largo, habrían ganado los leones, porque los leones la metieron varias veces contra aquella cerca que estaba a más de 400 pies del Home

José Ramón me asegura que no, que lo que pasa es que el estadio de San José, aunque es más largo, tiene un corredor de aire que ayuda a los batazos y él lo sabe porque antes, cuando no estaba enfermo, iba a jugar allí. «Matanzas mete miedo», ríe.

Después llega Juan, medio ciego porque las gotas para el glaucoma no entran a ninguna parte desde hace dos meses. La comida está regular, imagínate tú, regular… yo estoy bien. A Juan se le ven los años y dice que está bien y su retiro es de poco más de mil pesos y está bien, «yo resuelvo, a mí lo que me preocupa es la gente que trabaja en las paladares, porque yo tengo mis mil pesos seguros pero los dueños de las paladares no le van a pagar todos los meses a sus empleados más de mil pesos y, con lo caro que está todo… no sé qué se van a hacer». Le digo que quizás no sea tan así y él que cómo que no, medio insultado, y yo que está bien, que ok, porque si Juan lo dice…

Tomás se sienta hablar solo por disciplina. Nadie lo obliga, pero Tomás se sienta y dice que todo está bueno, que hace falta más condimentos, pero ya. Tomás parece un tipo monosilábico, de los que solo responden sí o no, sin siquiera pronunciar por completo el sí o el no, de los que guardan oraciones cortas y crudas para terminar el diálogo: «A mí no me hace falta nada». Y claro que hace falta, pero Tomás no me lo va a decir. Hace falta, pero Tomás «es un hombre» y de seguro a esta altura ya ha escuchado lo que dijo Martí de la queja, el carácter, la prostitución y a nadie le importa, pero a Tomás sí. Por eso dice: «A mí no me hace falta nada» y después pregunta si ya acabamos, se levanta y marcha.

Ulema sí quiere hablar, no de la pelota o de los empleados de las paladares porque a Ulema eso no le importa. Ulema quiere hablar sobre sus seis niños, sobre todo de los tres que padecen de enfermedades crónicas y que la hacen vivir –asegura– metida en el William Soler, a veces con más de uno ingresado. 

Ulema quiere enseñarme la página de la libreta donde están las dietas y hablarme de la epilepsia y las diarreas crónicas de Edilberto, de la displasia renal congénita de Melanie y del asma y las diarreas crónicas que también padece Dioslenys. 

Y que sí, que a ella fue la primera que le dieron la cocina de inducción cuando entraron al reparto y que le entregaron igualmente el apartamento de tres cuartos donde vive, en esos que llaman los edificios de Eusebio. Pero ellos siete duermen apretados en una de las habitaciones, con un solo colchón, sin televisor ni refrigerador, porque los otros dos cuartos son de los hermanos de Ulema.

«Yo estoy segura de que Díaz-Canel no lo sabe, porque si no ya lo hubiera resuelto. Hasta que no tenga una entrevista con él no voy a parar», dice Ulema, quien habla maravillas de sus trabajadoras sociales pero al mismo tiempo no sabe qué hacer, porque son seis niños que tienen que vestir, calzar, comer, vivir… y la pensión no alcanza y el SAF está más caro y ella no puede trabajar porque no va a dejar a sus hijos en las manos de nadie con lo malos que están los tiempos y porque siempre está a punto de entrar al hospital, y así para qué.

La empatía juega malas pasadas y uno termina medio triste después de escuchar ciertas tristezas. «¿Crees que esto que hacemos termine por resolver algo en concreto?», le pregunto a Isabella, mi «compañera de fórmula». 

Isabella a veces se demora en responder, quizás, porque es tan metódica que no le gusta dar respuestas en falso: «La verdad, no sé… pero piensa que el hecho de estar escuchando lo que tienen que decir estas personas y el hecho de que se sientan escuchados de alguna forma hace una diferencia y es algo».

Tiene razón. Días después, freno la bicicleta justo enfrente de Juan. «¿Se acuerda de mí?». Le pregunto sobre determinadas direcciones y hablamos un poco más que la primera vez. De nuevo las inconformidades con la calidad, la cantidad y el precio… la necesidad de mayor gestión.

Dice Juan que hablar con nosotros reconforta, porque los tratamos bien. Eso me choca. Yo no quiero llegar a viejo y que el buen trato sea un hallazgo, una sorpresa.

María Irene, su esposa, lo acompaña e insiste en que como mismo se dice lo malo hay que sacar también lo bueno y que lo mejor de ese lugar se llama María, una cocinera sensible y cariñosa como pocos, cuyo prestigio entre los asistenciadosnos hizo poner en un primer informe que existía determinado ambiente de familiaridad.

María, por su parte, después de habernos mostrado sus modestos destellos de cariño, nos preguntó a quién tenía que ir a ver, porque este año no había tenido vacaciones. En el municipio, asegura, la jefa de personal le dijo que ya no se las podían pagar y que no habían cogido las dichosas vacaciones porque no habían querido. 

«Porque no hemos querido, no –replica con la parsimonia de quien sabe que la razón le asiste. El problema es que no hay cubre-vacaciones y ellos –señala a los ancianos que esperan en un banco del portal– tienen que comer todos los días. No se pueden quedar sin comer».

Y claro que para algo tiene que servir esto que estamos haciendo –me digo–, para algo los informes que de todas partes de La Habana salen ahora mismo bajo la premisa de llegar hasta la última persona. Algún cambio material ha de suscitarse cuando en esos papeles queda claro cuántos de estos ciudadanos en condiciones vulnerables renuncian, por el costo monetario, a una de las comidas del día o moderan su frecuencia de visitas. 

Algún cambio, sí, para que un mensajero que recibe salario del Estado no se niegue a ir hasta la casa de Felipa –madre soltera de varios niños, de los cuales uno requiere constante atención–, bajo la excusa de que es un poco distante. Algún cambio, también en nosotros mismos, para entender que lo sensible y lo solidario –esa empatía que nos llega a enganchar la tristeza ajena en la carcasa– tienen que estar por encima de todo.

Esa fue la semana del dolor, Orestes. La semana de los José Ramón, de los Juan, de los Tomás, las Felipa y las Ulema. La semana de resquebrajar la burbuja, de la tortura por haber comido tanta mierda con mierdas que nada valen: Facebook,Whatsapp, los escándalos, los likes, el alcance, que mira quién comentó, mira lo que puso, que si me dio y me dijo… Es decir: el asco. Varias veces me he planteado, Orestes amigo, salir por completo de la bulla sorda y enfermiza de las redes sociales y no he podido porque, en definitiva, de ellas depende mi pan.

Yo apuesto, Orestes, porque la vergüenza se sienta y se sufra. Las redes están llenas de gente que dice y no hace y del chillido de una clase medio confusa que cree que sus problemas son el fin de mundo y aborrece, en muchos casos,el sacrificio. Sin sacrificio nada se funda.

No puedo respetar a nadie que diga y no haga. No puedo respetar a quienes, después de señalar con altoparlantes el problema y teniendo todas las facilidades para cooperar, no han estado durante estas semanas, que en realidad aún no acaban, escuchando a los «viejos» y a quienes no son tan viejos, pero igual necesitan de una mano que se compre la lucha de catalizar la solución de sus conflictos.

Y, mira tú, esta es solo una de las tantas querellas que tenemos abiertas: necesitamos personas dispuestas a colaborar con el trabajo estadístico y el procesamiento de la información, en la entrega de los resultados de PCR negativos, en la re-identificación de núcleos familiares y personas con vulnerabilidades, se requiere donar la sangre que marque la diferencia en el proceso de mejoría de un paciente en estado de gravedad y, cómo olvidarlo, se precisa de jóvenes de cuerpo, pecho o mente para entrar a los centros de aislamiento que, desde ya, albergan positivos a laCovid-19.

La vida y la dignidad como país nos va en esto, Orestes. Yo quiero que la vergüenza duela en todo aquel que la tenga, que lo queme si es preciso, pero que lo mueva.

Mientras quede tanto por obrar y recuerde y sufra que hay personas que ni siquiera pueden ponerse enfrente dos platos de comida al día, poco caso he de hacer a los defensores «intachables» de la compostura pacata, la estética estéril y la figuración, esos que siempre encuentran nuevos frenos cuando se esfuma la hora de la histeria y alguien los convida a subir las mangas y doblar el lomo… y les dice «vamos»

Te abraza: 

El Peregrino

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