Ante las carencias más urgentes, tendremos que vender... Empezaremos por los discos de vinilo que nunca vamos a escuchar.

Ante las urgentes carencias, tendremos que vender… Empezaremos por los discos de vinilo que nunca vamos a escuchar, cuyo único encargo en este mundo pareciera el esboce de oscuras manchas en la pared del cuarto. Para coleccionistas con dinero hay discos de vinilo. Pondremos precios exorbitantes… y, ante cualquier intento de queja o regateo, nos limitaremos a recordar que la mierda de artista cada vez está más cara.

Con los alambres de amarrar cabillas que inútiles aguardan bajo el fregadero, haremos un mundo en miniatura y, claro está, también lo venderemos. Bicicletas, bicitaxis, jirafas, gardenias, cuñas de carreras, moscas, cucarachas, tenedores y hasta maniquíes saldrán de nuestro ingenio, con tal de agregarle algo de valor al alambre. Habrá chapucería, pero nos anunciaremos como artistas que buscan transgredir los hegemónicos marcos de la estética. Y nos van a comprar, tenlo por seguro, porque la publicidad y la magia tienen más en común de lo que cualquier ingenuo se imagina.

Con los papeles inservibles haremos barcos y aviones. Los colgaremos en el balcón para que los niños los vean y quieran subir y suban. A los niños nada hemos de cobrarles por papeles viejos al doblez, porque si queremos que amen los papeles, aunque por el momento no tengan forma de libros, conviene al menos empezar por ahí.

Pero no solo vendrán niños al balcón, los locos también querrán arrimarse y les explicaremos que para gente grande y loca no tenemos ni barcos ni aviones de papel, sino viajes en barcos y aviones. Firmaremos previos contratos, los sentaremos en el sofá, en el banco de madera, a la mesa, en el sillón, sobre las losas del suelo… y les leeremos historias ficticias y reales sobre gente que se pierde por el mundo en aviones y barcos de metal.

Cuando terminemos de leer, informaremos por altoparlantes que el viaje ha llegado a su fin y que cada loco puede desabrochar sus cinturones e irse, cuidándose de no dejar en el suelo el envoltorio de los caramelos que le dimos al entrar.

Los caramelos serán de azúcar prieta, aquella de la cuota de varios meses que se nos ha quedado en la despensa y que, como fue adquirida a precios de 2020, permanecerá subvencionada; es decir, habrá, por contrato, caramelos casi libres de costo, caramelos de azúcar prieta con sabor a caña quemada.

Guardaremos los diplomas en carpetas y comercializaremos sus marcos. De cualquier forma, tener diplomas en la pared resulta cuestión, cada vez más, de gente rara. El valor agregado residirá en la trayectoria política de la madera.

A los carpinteros interesados les explicaremos de forma larga y tendida que los marcos pasaron años al resguardo de reconocimientos morales y que nada con ese recorrido se regala, como aquel que dice. A quienes vengan a comprar al por menor, preguntaremos para qué los quieren y añadiremos que el marco que se llevan no es cualquier cosa.

Recortaremos las chancletas viejas y, con su goma, haremos flotantes para cañas de pescar. No se parecerán a los de ninguna película, puede que ni siquiera se parezcan entre sí, pero tendrán tantos colores como cualquier chancleta vieja. En el anuncio pondremos: «Corchos fotosensibles a la luz del afecto guardado en frascos de memorias». Será a bajo costo, pero algo ganaremos.

Venderemos también cuanto libro no sirva y, para ello, habrá que leerlos todos y evaluar. Los que pequen de decir lo dicho –o decir poco– serán apartados de la forma más agresiva y dictatorial que se nos ocurra, los reconcentraremos en cajas y bajaremos a la acera, donde nos los quitarán de las manos.

Si después de todo eso aún no alcanza para la urgencia de tu teléfono roto, avanzaremos a medidas radicales como deshacernos del teclado, de la cama, de la radio, de las ollas, cajas de fósforos, quinqués… hasta que todo lo que está por resolver sea resuelto, creando, si hace falta, nuevas complicaciones. Será una aventura.

Al día siguiente, nos despertará la alarma de tu nuevo celular e informaremos a todos los clientes que la agencia de viajes en barcos y aviones cerrará sus puertas, que el rollo de alambre, los discos de vinilo, los marcos y las chancletas viejas se acabaron; y que recapacitamos con aquello de vender libros y decidimos que en nuestra casa también tendrán espacio los «bestsellers».

En las jornadas que siguen, pondremos hamacas en el cuarto, veremos las novelas, para ser un poco como todos, y nos quedaremos rendidos leyendo poesía.

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