Cuando la TV me satura con la COVID-19

"Hoy la indisciplina social nos puede costar la vida" / Foto: Archivo del autor

Las situaciones de crisis sacan a relucir nuestros verdaderos valores.

Resulta agotador ver cada día en pantalla las informaciones sobre la pandemia. Cosas que pasan en el mundo, en Cuba, en el barrio; pareciera que es el fin del mundo, pero no.

Por cuestiones de trabajo salgo a diario a las seis y treinta de la mañana, cuando no se me pegan las sábanas. Las calles están desiertas durante la mayor parte de mi recorrido, que cubre 12 cuadras de distancia entre ambos puntos. Todo normal, al menos aparentemente. Veo una persona que camina en mi dirección y sin quererlo caigo en estado de alerta. Mi primera reacción, rodearlo, no quiero rozar ni la sombra de otro ser humano. Un segundo más y pienso: ¿en qué momento me volví tan paranoico?

Es imposible que no me hagan efecto la información, las imágenes, los llamados de alerta de las autoridades, el olor a hipoclorito, los asfixiantes nasobucos caseros. Solo me queda llegar a una conclusión: cambió la vida en la Tierra.

“Aquí estamos los voluntarios a cadáveres / Foto: Archivo del autor

Sin embargo, no dejo de sentir tensión por la cercanía con otras personas. Y todo está en orden en mí, hasta que llego a lo que llamo “las cuatro fosas comunes del Vedado”, el tramo que va desde el mercado de Línea y L, pasa por el Rápido de 15 entre L y M, dobla por el Focsa y llega hasta el punto de venta que se encuentra a un costado del restaurant “La Roca”.

La escena en estos sitios, por surrealista, es digna de parodiar. Personas en ropa de dormir, con rolos, bata de casa, short o pullover de probada longevidad. Otros con aspecto vikingo jaba en mano y pelo engrifado al estilo de un buen electroshock mañanero. Lo más importante, las caras de preocupación.

Juntos, apilados, rotando los espacios para sentarse, discutiendo airadamente. Parece que no pasa nada. ¿Qué van a vender? Nadie sabe, solo que, lo que sea que aparezca, va para la jaba o el carrito.

Flashback y ruedan en mi mente las imágenes de Ecuador o New York. Recuerdo incluso una conversación que tuve hace unos días con un amigo que me transmitía su miedo pues en esa ciudad de Estados Unidos hay personas que te escupen en la calle.

Pero la experiencia no puede limitarse a una observación superficial del fenómeno. Por suerte o por desgracia se debe participar como sujeto activo en el ensayo del fin de mundo que nos propone la Tierra. Y por más que se piensa y se huye consciente o inconscientemente del asunto, es como uno de esos temas que quieras o no, te toca: la cola vs la vida.

¿Cómo funciona un país? No muy distinto a una casa. Hay que generar ingresos para poder mantener las cosas básicas: techo, paredes, agua, alimentos y energía. Luego viene el resto de lo que se necesita para hacer la vida más fácil. La vida del cubano es igual que la vida de Cuba. Somos una suerte de espartanos que no contamos con grandes reservas más allá de la inventiva. Siempre que se puede, hay una “tierrita” para tiempo de crisis, fondos que nunca son suficientes. Y mientras el mundo se acaba, tienes que pensar y reinventar para hacer que tu economía hogareña se mantenga a flote. Para mí, esta y no otra es la explicación de por qué mantener sectores económicos activos en este proceso.

Ningún baño es capaz de curar lo que no prevenimos / Foto: Archivo del autor

Llega el día cero. Me acerco a la cola y pido el último. La distancia a la entrada de la tienda es más significativa por el número de personas que me preceden, que por los metros que me distancian. Y así, como en un acto de suicidio, me convierto en uno más del enjambre.

De nuevo las imágenes de la TV me castigan. Esta vez el Dr. Durán. Imagino su voz diciendo: paciente masculino de 32 años del municipio Plaza de la Revolución, sin identificar la fuente de contagio. Me pongo a pensar en lo que tengo que hacer cuando salga de aquí y que ningún baño o chorro de agua con cloro es capaz de curar lo que no prevenimos. Rezo por pasar inadvertido al COVID, porque no me gustaría ser un “ángel de la muerte”.

Pero, si no soy yo, puede ser cualquiera de las decenas de personas aquí presentes. Me quedo mirando a un sujeto que transita y pienso –ok, a la suerte, imaginemos que es un paciente–, ¿qué podría pasar? Pasa por la calle, saluda con el codo a otra persona, pregunta por el último y se recuesta al mismo muro en el que yo descansaba minutos antes. ¿Me habré salvado yo o se habrá jodido él?

En la fila hay de todo. Esta la persona “tablilla”, que dice conocer lo que han sacado o van a sacar en los comercios cercanos siempre por fuentes de su “extrema confianza”. Esta la protestona, que, sin lugar a dudas, tiene como meta en la vida ser infeliz y hacer infeliz a los que están a su alrededor. Aparece la anciana casi invalida que no reclama nada, su rostro en extremo cansado me transmite la idea de que su única esperanza este día se resume a una compra silenciosa y un salvoconducto contra atropellos.

Pero en todo ecosistema aparecen los depredadores: el colero, que marca 3 y 4 veces. El que viene “acompañado” por unos pocos, solamente los descendientes de Adán y Eva. La persona “superior”, que piensa que el mundo es a su antojo y quiere hacer lo que le place donde sea. Y los “inteligentes”, que más que inteligentes los llamaría descarados. Personas que al parecer creen que el resto son idiotas y tratan de colarse con total naturalidad. Y eso es Cuba. El producto de nuestro país está en una cola.

Disfrazadas de nasobuco las conversaciones abarcan el amplio espectro de lo que es noticia: la COVID-19. Me pregunto si no hay nada más de qué hablar. Y todo se politiza y se encona cuando a alguien se le ocurre decir que hay que hacer igual que en Alemania; exceso de ingenuidad o inmensa necesidad de llamar la atención burdamente, comparar a Cuba con Alemania es como comparar un Fiat Polaco con un Audi en velocidad, pero bueno, aun así se hace. Y me detengo para reafirmar una idea que escuché recientemente: “siempre se ha acusado a Cuba de ser pobre y ahora se nos exige que actuemos como ricos”.

Una señora mayor me aborda, noto su ansiedad. Llevamos más de dos horas y la cola al parecer no avanza. Me empieza a hablar de las personas que se han colado. De la falta de disciplina en el lugar. De que las autoridades no hacen lo que se espera de ellas. Le pregunto si alguna vez ha usado un uniforme de policía en la calle. Su silencio demuestra comprensión, pero vuelve a la carga y conozco la historia y la histeria en torno a un pasillo que para mí, es solo una entrada que veo a diario de camino al trabajo.

Su narrativa se vuelve absurda cuando me brinda datos inverosímiles de los vecinos y su rol como solucionadora de los problemas de la comunidad. Una suerte de “Aquí no hay quien Viva” atemperado a un solar habanero. Justo ahí me pregunto en qué momento uno se vuelve incrédulo y extraño; la inocencia se va cada vez más temprano en nuestra tierra.

Caigo de nuevo en el mundo real y veo que la señora está tan cerca de mí que casi puedo oír sus latidos. ¿Por qué se acerca tanto?, pienso y marco mi distancia con un “por favor”, nada cortés, por el que luego me critico.

Pasadas las 3 horas la paciencia empieza a hacer aguas. Veo como la indisciplina ya no es controlada. Solo la punta de la cola tiene sentido, pero un tumulto de personas en el medio no deja ver quién sigue. Ahí, en pleno caldo de cultivo de epidemias, es donde van a recalar los coleros, los inteligentes y todos los que tratan de violentar los protocolos sociales.

Con suma sangre fría y ante la mirada perpleja de muchos, voy directo a las autoridades a denunciar la situación. No tengo quejas, pues mi airada protesta/discurso es muy bien recibida. Los trabajadores de la tienda me comparten algunas experiencias que me dejan pensativo; las situaciones de crisis sacan a relucir nuestros verdaderos valores.

Luego de la protesta la cola toma más sentido. La mirada incómoda de los afectados por la disciplina no me hace mella. De hecho, el gesto mayoritario de aprobación lanza una sensación intimidante de muchedumbre enardecida. Ya se me olvidó todo lo que se ha dicho del contacto físico. Un policía me lo recuerda y vuelvo a las imágenes de la TV. Esta vez me machaca el recuerdo de una entubación.

Logro entrar, 4 horas después. Aparecen varias cosas, no todo, claro está. Pago con la tarjeta. ¡Qué alegría, el post funciona y hay descuento! Me alejo. Vuelvo el rostro y veo las caras. Son los rostros de la tragedia. Son los pretendientes a cadáveres. Yo huelo igual y no me siento conforme con eso. Pensé en criticar a la TV, pero no, lo cierto es que son benevolentes.

En Cuba no hay un trauma social por la pandemia. En Cuba, siguen funcionando igual las cosas. Tenemos que revisar nuestra escala de valores, cuál pesa adulterada no está marcando lo que debe.

Me rehúso a ser rehén de la indisciplina social y peleo por mis derechos. Pero hoy esa indisciplina nos puede costar la vida. Yo salí de la cola, fui a la casa, use el elevador del edificio, traté de no tocar nada. Me cambié de ropa, me bañé y, sin embargo, eso no me exime de ser un portador del virus. Los demás de la cola ¿qué habrán hecho?

Termino este texto con un llamado a ser mejores seres humanos. Pido aplausos para los que tiene que trabajar en estos días. Pido calma para rebasar esta crisis mundial y parafraseando a Villena pido una carga para matar bribones y acabar la obra incompleta de las revoluciones. Viva Cuba Libre de COVID-19.

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