Eugenio Hernández Espinosa y las contradicciones que lo hicieron ser

Este febrero de 2021 no tendremos Feria Internacional del Libro en Cuba por la compleja situación sanitaria, por lo tanto, tampoco se podrá realizar el tradicional homenaje a los premios nacionales de Literatura, Edición y Ciencias Sociales otorgados en 2020. Qva en Directo se acerca a uno de ellos.

La biblioteca de Eugenio camina con tremendo barroquismo por su sala. Una pila de libros se levanta pegada a la pared y obstruye el camino hacia la ventana. Libros manoseados por el escritor que ya no caben en ninguna parte. Cuadros en el suelo, sobre una silla, colgados, amontonados uno detrás del otro. 

Dice que cuando está aturdido abre la ventana del comedor y mira hacia al Capitolio, luego al mar y disfruta un poco de La Habana, para seguir en conexión con ella. Rebusca con la mirada la calle San Pablo quizás, por donde nació hace 85 años.

En 1948 Eugenio iba a toques de santos en las tardes y en las mañanas a un colegio protestante adventista del Séptimo Día. Aquel muchacho de 12 años tenía muchas preguntas que luego se verían reflejadas en su obra. 

Yo leía siempre el Antiguo Testamento y no podía entender si Dios creó a Adán y a Eva por qué permitió después que cometieran pecado y también incesto. En las conversaciones que tenía en la escuela con la profesora Petronila Oxamendi, le hacía esas preguntas y ella no podía responderme, lo que me creaba muchas más dudas aun. Otras cosas me perturbaban como Jacob y Abraham, entonces yo escribía mis memorias.

Los apuntes del joven Eugenio los vio alguien de quien no revela el nombre; esa persona lo impulsó a comenzar el camino. «No estoy de acuerdo con lo que escribes, pero hazlo; puedes escribir, lo importante es que lo leas y te darás cuenta de lo que sobra y lo que falta», recuerda así el consejo dado.

Luego pronunciaría su discurso de graduación, al que los presentes dieron un profundo “amén”. «A partir de ese momento, empecé a sentir la necesidad de expresarme».

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Después del colegio entró en contacto con la Juventud Socialista Popular. Estudió Química en la escuela de Arte y Oficios y esa experiencia le permitió un mayor acercamiento con los obreros, fue testigo de injusticias y sus textos comenzaron a enfocarse en la necesidad de un cambio político.

La mano de Eugenio temblaba en las paredes cuando ponía “Abajo Batista, abajo el imperialismo Yanqui, JSP”. Era un muchachito y «en ese momento Batista estaba acabando, matando jóvenes y ahí en el Cerro llovían los muertos», rememora. 

Imagen tomada de la Revista Life

Aun así, el artista pasaba desapercibido mientras conspiraba porque, como bien sabe: «Para Batista los negros y mulatos no podían ser delincuentes, pero tampoco revolucionarios». 

Aquella época le enseñó muchas cosas, entre ellas: «Uno tiene que escribir siempre su verdad». En ese entonces nacieron sus primeras piezas teatrales: El corazón del almaHoy como ayer y más que antier y El pequeño Herodes.

Cuando por fin triunfó la Revolución pudo estudiar dramaturgia. En sus clases aprendió a organizar los pensamientos y a escribir con una lógica que permitiera llevar su concepción del mundo al acto.

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Entonces, en 1967, llegó al escenario María Antonia. «Personajes hasta ese momento marginados de la escena la colmaron con su presencia, sus expresiones, la música de los tambores batá, los cantos y los rezos de la Santería (…)», refiere La Jiribilla.

Maria Antonia, un éxito rutundo, imagen tomada de Cubarte

A Espinosa la religión le toca de cerca y con contradicciones. «Cuando yo estaba en la escuela adventista del Séptimo Día, el único Dios del que se podía hablar era Cristo, el resto era pagano. Pero mi familia era santera, creía en los orishas y me llevaba a los cultos. Para mí, todo eso tiene un sentido teatral; ver a un ser humano frente a mí convertirse en Changó, de repente da un grito y está en Oshún o en Yamayá. Todo esto me llevó a indagar».

La recreación de lo popular con todas las marginalidades en Cuba, la cultura yoruba y el sincretismo religioso han sido temas centrales en la obra del dramaturgo.

Eugenio aprendió desde las primeras lecciones a enfocar la realidad de una forma orgánica y ser sincero con él mismo; asegura que escribir ha sido un riesgo. «Me metí en problemas muy caóticos que se reflejan no solo en Maria Antonia, si no en CalixtaComitéAlto riesgoMi socio Manolo. Son problemas que me tocan a mí y que conozco».

Eugenio en su juventud, imagen tomada de Bienvenido Cuba

Asuntos relacionados con las primeras décadas de la Revolución irrumpieron en sus textos, luego llevados a escena y en ocasiones al cine. Alto riesgo pone a dialogar la realidad de un funcionario del Estado y una jinetera en plenos años 90. Mi socio Manolo expone lo aparentemente absurdo de una muerte que está matizada con la marginalidad, el racismo, machismo, la violencia y la nostalgia de épocas pasadas.

Con Teatro Caribeño, grupo que dirige, realizó una primera puesta en escenaEl león y la joya, en 1991, en el Festival de Cadiz. Otros textos de Espinosa alcanzaron repercusión como Emelina CundiamorQuiquiribú MandigaCheo MalangaTibor Galarraga, etc.

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Como trabajos más recientes en su carrera cita el guion del filme El Mayor, el cual escribió junto a Rigoberto López. Para Eugenio lo mejor de la experiencia fue la investigación realizada: «El trabajo de El Mayor para mí fue importante. Ver la trayectoria de Agramonte y su contradicción con Céspedes me resultó muy interesante, porque cuando la gente lucha por un mismo ideal pueden existir contradicciones. Ahora, esas contradicciones no eran antagónicas que es lo importante».

El filme acerca al espectador a la vida y obra del héroe más representativo del territorio camagüeyano, imagen tomada de Cubanos Famosos

Para una persona con varios lauros como él, el último premio recibido pudiera ser uno más del listado que acoge la Medalla Alejo Carpentier, la Distinción Raúl Gómez García, la Distinción por la Cultura Nacional, el Premio Nacional de Teatro, entre otros. Sin embargo, el Premio Nacional de Literatura, según Eugenio, significa un reconocimiento para todos los dramaturgos. «Siempre se ha negado que el teatro es literatura y sí lo es. Esquilo, Eurípides y Sófocles también son literatura; es un premio que merece el teatro».

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Si le preguntan qué está haciendo ahora se echa a reír. Por lo menos, intenta cuidarse de esta pandemia desde su piso 18. Llega a la planta baja de su edificio sin el nasobuco, se preocupa y regresa. Quizás no se ha acostumbrado a que los rostros pierdan su teatralidad, por eso sigue creando.

«Aunque tengo la edad que tengo, estoy actual (…) Estoy escribiendo una obra que había abandonado, pero ahora retomé. Es una gran familia, muy heterogénea, donde surgen disímiles conflictos. Unos viven aquí, otros en Estados Unidos; los que están aquí luchan con la transformación que ha venido, unos a favor, otros en contra. Lo importante es el discurso de cada uno, las contradicciones y la confrontación de todos, que incluso es saludable. Es Cuba».

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