Hace falta otro Rubén

Hace falta un amigo que se disculpe por la misiva tardía y suplique no creer que su silencio es olvido.

Cualquiera diría que hace falta otro Rubén. Y sí, hace falta.

Hace falta un amigo que se disculpe por la misiva tardía y suplique no creer que su silencio es olvido. Un amigo que prometa, «pase lo que pase, contestar toda carta tuya aunque sea en un pliego de papel de estraza y en el intervalo de un plato de sopas a uno de frijoles».

Bien sabes tú que siempre te he considerado un hermano: el espíritu amigo más próximo al mío: semejantes inquietudes hemos sufrido; el mismo arte nos ha lacerado y análoga filosofía nos explica los hombres y el mundo.

Carta a Enrique Serpa

Quizás, también haga falta un amante que, desde la celda, con «el tedio espantoso de las cárceles», tenga el valor de preguntar «¿por qué amarás a un hombre tan infortunado, cuyo amor hasta ahora solo te ha producido disgustos y pesares».

No es tu fatalidad, como tú crees: es la mía la que te persigue y lacera. Antes de que tú dijeras: “yo soy una mujer fatal”, te había advertido lo erróneo que era buscar felicidad en mi persona y en mi vida. ¿No recuerdas aquellos temores míos porque nos llegáramos a amar? ¿No te dije alguna vez: “antes que todo, yo soy un hombre honrado”? Honradamente yo no te podía ofrecer mi vida, ni mi tiempo, ni mi persona; ni siquiera mi pensamiento íntegro.

Carta a Asela Jiménez

Hace falta, sí, y bastante, un intelectual capaz de enlazar la rítmica y cosquillosa ironía con el arte áspero y turbulento de la estocada. Uno al que lo mueva la ternura y no las ansias de grandeza. Que sepa hablar el lenguaje de los muchos y esté dispuesto a asumirse como tal. Uno al que no le tiemble el pulso al escribir:

[…] yo no soy poeta (aunque he escrito versos); no me tengas por tal, y, por ende, no pertenezco al “gremio” de marras. Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido: me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social.

Polémica con Jorge Mañach

Pero, como por otra parte es necesario eliminarme a mí del movimiento obrero de estos días, entonces se me envía un perro, que aprovechando la inocencia y la casa de un amigo, me enseña los dientes, disfrazado de salvador, para que me esconda. Es decir, se ha querido que yo me elimine voluntariamente, con lo cual también se gana otra cosa: se me desprestigia a mí mismo ante el movimiento obrero y se perjudica a este, presentándole por otra vez más, un intelectual que lo traiciona.

Carta al Dr. Artiga

Hace falta un militante que no se avergüence o burle hacia los adentros cuando de su boca salga el vocablo «camarada». Un militante que encuentre en la lucha presente y futura –necesarias siempre… luchas – el mayor aliciente de vivir.

Aquí mi salud ha estado dando bandazos más peligrosos que nunca, y al fin creo que iré a carenar mi maltrecho organismo a algún puerto sanatorial. Después de esa reparación creo que podré salir a disfrutar alguna magnífica tempestad.

Carta a Emilio Roig Leuchsenring

Se requiere, claro está, de otro Rubén y se precisa, en el mismo grado, que cuando nazca no esté solo. Que lo acompañe un Pablo, un Roig, un Mella, un Serpa, un Marinello, un Roa… No uno de cada cual, así no… mejor muchos. Y que la vergüenza se imponga sin que se borre el poema.

Hay motivos de sobra para que estos fríos «16 de enero» terminen doliéndonos, casi tanto, como los más lluviosos de los «19 de mayo».


*Documentos compilados en el primer tomo de la correspondencia de Rubén Martínez Villena «El útil anhelo»


 

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