Peleas de gallos en Cuba ¿un crimen impune?

En Cuba, hace más de 20 años, las peleas de gallos son promovidas por el Club Gallístico Deportivo Finca Alcona, el cual pertenece a la Empresa Nacional para la Protección de la Flora y la Fauna.

Gallos tusados y con espuelas artificiales están a la espera de que las jaulas en el centro de la valla se levanten para comenzar el combate a muerte… varios minutos de pelea transcurren mientras los dos animales, ya visiblemente heridos, divierten al público exacerbado. Es la ley del más fuerte, un campo de batalla al más antiguo estilo del coliseo romano, donde el animal debe demostrar braveza para ser considerado apto. ¿El premio final? Continuar su tránsito por más y más peleas hasta que ya no sirva para la faena o sea herido mortalmente.

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En Cuba, hace más de 20 años, las peleas de gallos son promovidas por el Club Gallístico Deportivo Finca Alcona, el cual pertenece a la Empresa Nacional para la Protección de la Flora y la Fauna. Esta entidad es la encargada de organizar y regir la actividad gallística y las lidias de estos animales, basando esta práctica como supuesto elemento tradicional de nuestros campos.

Según el artículo “El Gallero”, que aparece en la antología cubana Tipos y Costumbres de la Isla de Cuba (1881), revela que las lidias de gallos se remontan hacia 400 años antes de Cristo, afirmándose que eran muy frecuentes en los circos de Grecia y cómo el político y general ateniense Temístocles, fue el primero y más decidido aficionado a la galo maquia.

Es incierto el modo en que llegó esta práctica a territorio americano, se induce que con el proceso de colonización, a lo largo del siglo XVI, los españoles trajeron consigo muchas de sus costumbres. Con los asentamientos de los ingenios y la formación de las primeras estancias agrícolas incorporaron ciertos elementos de su habitualidad como las corridas de toros y las lidias de gallos.

No obstante a la popularidad de esta práctica, apenas ocurrió el cese de la dominación española en Cuba, los combatientes procedentes de la filas revolucionarias, que ocuparon cargos de importancia en el Gobierno de ocupación, iniciaron las gestiones, cerca de las altas autoridades norteamericanas, para lograr la prohibición oficial de las lidias de gallos y las corridas de toros, explica Emilio Roig de Leuchsenring en el artículo Cómo y por qué se prohibieron las peleas de gallos en Cuba durante la ocupación militar norteamericana.

En la Gaceta de La Habana, en abril de 1900, apareció publicada la prohibición de las lidias de gallos en el territorio, sin embargo se realizaron diversas tentativas desde entonces para derogar esta orden, y finalmente se restableció en 1909, por una ley del Congreso, en parte debido a compromisos electorales y a la afición del presidente José Miguel Gómez.

Con el triunfo de la Revolución el 1 de enero de 1959, se eliminaron las lidias de gallos por ser consideradas como prácticas emparentadas a los juegos sucios, vicios, prostitución, riñas y otros males. No es hasta 1972 que el gobierno cubano autorizó la creación de un programa estatal que organizara la cría, crecimiento y mantenimiento del gallo fino en la Isla.

Tradición vs Maltrato animal

Las peleas de gallos en Cuba se han naturalizado como un elemento identitario de los campesinos cubanos, la Resolución número 255 del Ministerio de la Agricultura, correspondiente al año 2001, da fe de su legalidad, alegando que la cría y prueba de los gallos de lidia tiene su fundamento en la tradición cultivada en la Isla, generación tras generación, y en la demanda internacional de los animales procedentes de Cuba: “aves de combate de notoria agresividad y valor ante sus rivales”.

Es por ello que en varias provincias del país existen vallas estatales donde los criadores de gallos llevan a sus animales para los enfrentamientos. Muchos galleros definen esta práctica como “un deporte”.

Sin embargo, ¿es posible comparar las actividades de humanos como seres pensantes y desarrollados con las de un animal? Sin dudas, es un tema que suscita la polémica, así lo refiere también la Licenciada Yahumila Hidalgo Ceruto, editora de la revista Flora y Fauna: “es un asunto complejo, por un lado está la defensa de tradición de pueblo y por otra está la protección del animal. Es algo parecido a las corridas de toros en España”.

Ya sean los toros en la península ibérica o los gallos en Cuba, hay argumentos en común intentando justificar estos “deportes”. En el caso que nos ocupa, se avala en la supuesta agresividad de los animales, que pelean hasta el final.

Al respecto Orlando Torres, profesor de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana explica que “los gallos en la naturaleza gobiernan un territorio de varias hembras, entonces para establecer el dominio del macho sobre un grupo hay que ejercer autoridad, la cual está dada por la capacidad de combatir que tengan esos animales. El territorio es defendido en base a su bravura. Pero ellos viven en lugares abiertos, por lo tanto, cuando uno de los dos machos en un enfrentamiento determinado prueba que es más capaz o más bravo que el otro, este se retira y no se producen, generalmente, muertes en la naturaleza”.

Lo que sucede es que todos los gallos tienen genes para la bravura, pero el ser humano ha seleccionado, durante cientos y cientos de años esa agresividad, dejando a los animales más feroces para las lidias de gallos con un objetivo general en casi todo el mundo: obtener dinero de las peleas, agregó el profesor de zoología de vertebrados.

La Doctora en Ciencias Laura Domínguez García, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, asevera que las peleas de gallos, en función de herencia cultural, no tienen por qué tener en ello algo morboso y, es probable, que así se lo trasmiten a la descendencia. “Esto es lo que los psicólogos llamamos familiaridad acrítica; es decir, de tanto repetirse una situación negativa o inadecuada, nos acostumbramos a ella. No obstante, no dudo que existan personas que sí sientan placer al ver matarse dos animales, no por causas naturales, sino por haber sido inducidos, “enseñados” o entrenados por el ser humano para eso, ya sean gallos o también las peleas de perros”.

“En este caso, a mi juicio, hay una deformación en el desarrollo psicológico de esa persona, un cierto sadismo y es probable que en su historia hayan sido objeto de abusos. Quienes practican la violencia y la disfrutan son personas que generalmente tienen sentimientos de minusvalía o de inferioridad que compensan por esta vía. El abusador elige a su víctima por ser más débil, y en al abuso con los animales, y en el disfrute de esas peleas, se repite este esquema”, agrega Domínguez García.

Aunque los gallos no pueden comunicarse al nivel de los humanos sí queda claro que son seres vivos, que padecen, los cuales forman parte de la naturaleza y su diversidad y el hombre en tanto especie animal, no puede atribuirse el derecho de hacer un “deporte” a costa de la vida de cientos y cientos de animales.

Laura Domínguez García ratifica que abusar de los más débiles, en este caso de los animales, divertirse con su sufrimiento es, en última instancia, algo enfermizo, patológico. “Siempre he dicho que quien maltrata o tortura a un animal podrá mañana transferir conductas similares a sus relaciones con las otras personas, sobre todo con quienes les resulten más débiles”.

A su vez, el profesor Orlando Torres sentencia que indudablemente se está sometiendo con la conciencia humana a un animal que no tiene conocimiento a enfrentarse para que lo maten. “Sí es maltrato. Si no se respeta la vida animal, llega un momento que tampoco se respetará la humana”.

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